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La invención del “orden espontáneo” dolarizador

La publicación de las memorias del expresidente Jamil Mahuad “Así dolarizamos al Ecuador” en 2021 no clausuró la discusión sobre la dolarización ecuatoriana; la reabrió como una pelea por su sentido político. Desde ahí, y con más fuerza con la conmemoración de los 25 años del decreto dolarizador, reapareció una constelación de libros desde el campo pro-dolarización que no buscan solamente ordenar el archivo del pasado, sino disputar su paternidad y el derecho a usarla como plataforma para nuevas agendas de reforma en una economía ya dolarizada.  

Mahuad escribe sus memorias como una defensa de Estado y una tesis de economía política. Insiste en que la dolarización surgió de un “análisis metódico y juicioso” y la presenta como un “nuevo paradigma” capaz de poner fin al desorden monetario y rehacer la arquitectura económica del país. No obstante, el mérito de esta publicación radica menos en la autojustificación y más en los conflictos entre élites, regionales e institucionales que el relato de Mahuad deja entrever. El conflicto con Aspiazu y el Banco del Progreso, las acusaciones de favorecer a bancos serranos frente a la banca costeña, la movilización política en Guayaquil y la resistencia del propio Directorio del Banco Central rompen la narrativa de una decisión épica y homogénea y terminan presentándola como una disputa por quien administraría la salida de la crisis.  

Sin embargo, Mahuad recompone esa fractura convirtiendo la crisis bancaria en una cuestión moral de “banqueros corruptos”, para posicionarse como el presidente que sanea el sistema, ordena auditorías y protege a los depositantes. Con este giro la banca deja de aparecer como estructura de poder y como entramado de privilegios, y pasa a figurar como un conjunto de excesos o delitos individuales que la dolarización vendría a disciplinar desde afuera. La crisis se narra entonces menos como el resultado de una configuración histórica del poder financiero y más como una desviación que el poder presidencial corrigió a tiempo. Desde ahí dos lecturas distintas operan. Por un lado, en “25 años de la Idola-rización”, Alberto Dahik (2025) desplaza la culpa hacia el fracaso institucional. Por el otro, en el reciente “La Dolarización de Ecuador: triunfo del orden espontáneo” (2026), Francisco Zalles y Steve Hanke llevan el debate aún más lejos para cuestionar el propio aparato monetario estatal.  

Dahik no discute la dolarización, sino la épica de Mahuad. Su libro rechaza la lectura celebratoria, insiste en que la dolarización fue la historia de un fracaso y no de un éxito, y repite que un sistema cambiario no garantiza por sí solo desarrollo, inversión ni estabilidad social. Así, la dolarización vuelve a ser una medida extrema, tardía y nacida del colapso institucional. Al mismo tiempo, el exvicepresidente también reordena la lectura sobre el rol de la banca para resaltar el marco legal que permitió la banca offshore, el impuesto del 1 % a las transacciones bancarias, la mala regulación y la incapacidad estatal para contener la crisis. Pese a esto, Dahik no sale del campo pro-dolarización, sino que conserva la medida como punto de partida para insistir en reformas fiscales, laborales e institucionales pendientes.  

Francisco Zalles y Steve Hanke radicalizan aún más ese giro. La dolarización deja de ser una respuesta histórica a una crisis específica para leerse como la victoria de un “orden espontáneo” sobre un “orden dirigido”. El centro del argumento ya no es que ciertos banqueros actuaron mal, ni siquiera que las instituciones fallaron en abstracto, sino que el Banco Central y la soberanía monetaria misma resultan instituciones “extractivas” e incapases de defender al sucre, fuentes de arbitrariedad y obstáculos para el cálculo económico, la libertad de capitales y la disciplina del mercado. De ahí que esta publicación se alinea con propuestas de eliminación de los bancos centrales – tarea pendiente según sus autores tras la dolarización, y promueva la experiencia ecuatoriana como modelo exportable, en particular para Venezuela, Argentina y Bolivia.   

Leídos en conjunto, estos textos no forman un debate abierto sino un circuito de legitimación. Se corrigen, se desplazan y compiten entre sí, sin alejarse del mismo horizonte: preservar la dolarización como dogma práctico y usarla para empujar una agenda de apertura, reforma financiera y achicamiento del Estado. Por eso conviene leerlos menos como trabajos académicos que como intervenciones ideológicas desde, para y en nombre de un bloque de intereses privados que sostiene la dolarización como arreglo monetario y plataforma política. En esta clave hay que entrar al libro de Zalles y Hanke, no como una explicación neutral del proceso, sino como un intento más sistemático de convertir la crisis de 1999 en prueba retrospectiva de una doctrina ultraliberal que aspira a absolver a la banca, condenar al Banco Central y proyectar la dolarización ecuatoriana como modelo general de reorganización social e institucional.   

Referencias:

Dahik Garzozi, A. (2025). 25 años de la Idola-rización. Universidad Espíritu Santo – Ecuador.

Mahuad Witt, J. (2021). Así dolarizamos al Ecuador. Memorias de un acierto histórico en América Latina. Ariel, Bogotá.  

Zalles, F & Hanke, S. (2026). La Dolarización de Ecuador: triunfo del orden espontáneo. Grupo Union.  

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